Un gran avance civilizatorio ha sido la incorporación de la conciencia ambiental en nuestra cultura. La naturaleza ha generado cosas maravillosas y condiciones para el desarrollo de la vida, nadie puede negarlo, y la debemos cuidar.
Sin embargo, ciertos grupos ecologistas han involucionado este concepto hacia un primitivismo casi mágico, donde se atribuye a la naturaleza la calidad de ser vivo, deífico, en perfecto equilibrio; una madre bondadosa que sostiene condiciones estables para la vida, tal como es ahora, y solo algunos privilegiados la entienden e interpretan. Más que ciencia es una nueva filosofía y ética.
Lo cierto es que la naturaleza ha estado siempre en desequilibrio, destruyendo y construyendo evolutivamente sin propósito, benevolente o no. Ha sido maravillosa, pero también implacable. Por millones de años, glaciaciones, virus y bacterias han arrasado especies; huracanes, terremotos, inundaciones e incendios han arrasado pueblos y ciudades. La naturaleza ha reconfigurado a su antojo, sin propósito, todo el medio donde vivimos desde que se creó la Tierra, haciendo emerger continentes, extinguiendo y creando especies, cambiando el clima y la atmósfera, la inclinación de la tierra y su magnetismo, y así muchas otras cosas.
En Chile, este concepto primitivista se trató de instalar expresamente en la propuesta constitucional de la Convención, consagrando en ella los derechos de la naturaleza. Quedamos estupefactos. Pero la naturaleza no tiene propósito ni derechos; los derechos son una creación de los humanos para regirnos entre nosotros mismos. El verdadero compromiso ético está en asegurar a las personas, actuales y futuras, un mundo sustentable, pero también con más oportunidades y bienestar.
¿Tiene este tema vigencia ante nuestros desafíos actuales?
Sí, y mucha. Esta ideología se ha instalado sutilmente en la cultura, y hoy se expresa en la premisa que debemos dejar a nuestros hijos un mundo como el de hoy, inalterado, casi intacto. El sistema de reparticiones, mandatos y procesos que nos rigen opera bajo la lógica de la mitigación total. La cultura modela instituciones, y las instituciones refuerzan la cultura, en un círculo virtuoso o vicioso. La idea ha escalado al mundo político, académico e incluso empresarial, entre otros, donde todos tratan de empatizar con esta idea.
Casos recientes como el rechazo al proyecto Dominga, o el hospital del cáncer y las arañas dan fe de esto. Me pregunto, obras como Machu Picchu en el Imperio Inca, o Tebas y las pirámides, en el antiguo Egipto, ¿hubieran pasado la prueba de nuestra institucionalidad, si no fueran del Estado, dejando de lado aspectos gravísimos como el uso de esclavos?
No es negacionismo, es realismo. Si insistimos en evitar todo impacto en el entorno, casi todos los proyectos se rechazarán, o se volverán demasiado costosos y no se harán. Dejar a nuestros hijos un mundo igual al actual, lo que no está garantizado por la propia naturaleza que lo cambia todo, es también heredarles los mismos problemas actuales: en ciertos países hambruna o falta de agua potable; en el caso de Chile, las mismas listas de espera en salud, el mismo déficit habitacional, los mismos problemas de empleo y salarios, las mismas pensiones y así otras carencias.
Un proyecto no puede impactar sin restricciones ni mitigaciones, ese es el avance civilizatorio. Debe haber institucionalidad y reglas, pero debe haber límite, y sobre todo un balance de pesos y contrapesos que hoy no existe. La segunda ley de la termodinámica nos dice que para obtener orden en algún lado, que es la esencia del progreso, se debe generar impacto, destrucción y desorden mayor en otro lado. No es una ideología, es una restricción de la física.
La institucionalidad debe integrar este concepto, quizás con ideas más provocadoras como que más que una vigilancia de permisos “ex ante”, se declaren cumplimientos, y el Estado intervenga con poderes “ex post”. No lo sé.
Para progresar debemos crecer al 5% o más, esa es la madre de todas las batallas y el real imperativo ético. Nuestros hijos tienen derecho a un ecosistema sustentable, qué duda cabe, pero también tienen derecho a un mundo con más y mejores oportunidades, lo que no se logra viviendo en un entorno natural petrificado. Para ello necesitamos libertad, creación destructiva, inversión, proyectos, empleo y ciencia, aunque impliquen algún impacto y efectos ambientales en cuencas, ríos, mares, glaciares, especies.
No se puede progresar sin impactar. Si no nos atrevemos a rebatir esta idea, dando un mejor balance a la institucionalidad, seguiremos donde mismo, aunque mejoremos algunos tiempos de permisos. La naturaleza seguirá cambiando el mundo, con o sin nosotros; la diferencia es si queremos o no que nuestros hijos tengan la posibilidad de una vida mejor.
Antonio Büchi
CEO Entel, master of arts in Economics U. Chicago