La cólera de Aquiles

La cólera de Aquiles

Compartir

Dicen que todas las guerras siguen el modelo de la guerra de Troya. Un grupo de expertos mayores se reunió ya hace unos 20 años y, después de deliberar durante varios días, llegó a la conclusión, al fin, de que la guerra de Troya efectivamente había tenido lugar y no solo era, por tanto, la ficción irreal de ese poeta del Asia Menor que la tradición llamó Homero. Pero, con todo, la Iliada es la única versión que tenemos de esos hechos, un poema que fue capaz de convertir una guerra acaso de menor importancia en un conflicto internacional imperecedero.

Recientemente, en editorial Acantilado (La guerra que mató a Aquiles), la homerista Caroline Alexander analiza ágilmente la Iliada como poema bélico no convencional. Homero no describe el comienzo ni el final de la guerra, sino que sitúa originalmente el relato después de un largo tiempo (9 años) de su inicio, cuando la guerra parece discurrir en un punto muerto, sin victoriosos, una tregua dolorosa, tensa y forzada, rodeados los combatientes y sus líderes de cadáveres que devoran los perros y las aves. Los soldados están abatidos y quisieran volver a casa de inmediato. Homero postula que este desolador equilibrio de fuerzas se debe a que Aquiles, el principal guerrero de la parte griega —una gran alianza—, está ofuscado por la ira enconada y se mantiene fuera de los combates. Homero, entonces, retrocede con el relato y cuenta la causa de esa ira furiosa de Aquiles: un conflicto entre este y el comandante en jefe de la expedición griega, al que el poeta llama Agamenón. La discusión entre ambos, en medio de una asamblea de jefes, es tan poderosa que todavía resuenan en nuestros oídos esos gritos crecientes. El tono va ascendiendo de modo veloz y parece que en cualquier momento las manos, los cuerpos y las armas van a entrar en acción; sin embargo, se intercambian argumentos y las pasiones se contienen, otros más viejos también toman la palabra e intentan calmar los ánimos. Aquiles está al borde de la insubordinación. Se niega inicialmente a entregar la esclava que su comandante le exige, ya que este mismo, a su turno, ha perdido la suya.

Esos versos feroces acaso contengan la primera representación de una áspera deliberación política de las letras de Occidente. Las premisas de esta discusión dependen de una cosmología muy diversa a la actual, pero las dinámicas mantienen una similitud y el papel de la cólera, la cólera precisa y proporcionada, de un lado; la desaforada y desmesurada, del otro, sigue siendo fundamental. Hay siempre una pasión bullente y polémica, soterránea a la palabra política, y a menudo el relato consiste en dilucidar la ira furiosa que estalla o se oculta. (El Mercurio)

Pedro Gandolfo