Quien padece esta vieja broma no logra taparse el torso con la sábana y, al mismo tiempo, estirar las piernas. Algo parecido a ese síndrome de estrechez padecen Matthei y Tohá cuando intentan estirar su base de apoyo.
Así como el que sufre la cuchufleta no logra salir de ella tirando de las sábanas para arriba y para abajo y solo lo logrará entendiendo primero lo que pasa y cambiando de estrategia, las candidatas también necesitan dejar de tirar la sábana a la derecha y a la izquierda, pues esta nunca dará todo el ancho. La estrategia para salir del incómodo cambucho, en cambio, parece requerir de una claridad en el mensaje, que aún no asoma.
Matthei partió perfilándose más como jefa de la oposición que como aspirante a la presidencia. Un rol ácido que le queda cómodo. Alguien pudo pensar que, para ganar la carrera bastaba con aparecer como una dura crítica de un gobierno que comete frecuentes errores y que tuvo que esconder su programa y sus sueños. Pero no ha sido así, y en el plano de la dureza, no tiene cómo ganarles a Kast y a Kaiser. Torpedeada por la derecha y sin entusiasmar a quienes no se identifican con su sector, la precandidata ha terminado por insistir improvisadamente con campos minados en la frontera, cárceles en el desierto, pena de muerte y precondiciones para la presidencia. Un discurso liviano, poco creíble y que no entusiasma.
Así, al igual que la víctima de sabanitas cortas, Matthei no ha sabido ampliar sus márgenes garantizados, sin que sus rivales de hoy la aventajen por la derecha.
Tohá, por su parte, en su empeño por volver a entusiasmar a los votantes de esa centroizquierda reformista, institucional, partidaria del orden y del desarrollo, pero también movida por la justicia social, cometió el error de intentar esa adhesión por la vía de confrontar a una facción del PC. Las sábanas comenzaron entonces a acortársele por la izquierda.
¿Podrán salir de las sábanas cortas? ¿Cómo podrían las candidatas atraer a quienes no se identifican naturalmente con los sectores a los que ellas pertenecen, apelar a esos electores que no se identifican con ninguno y que ahora deciden las elecciones? ¿Cómo podrían hacerlo sin que a sus sábanas les falte por los extremos? El truco puede estar en un discurso convocante y novedoso, que genere algún entusiasmo.
De tanto mirar al extranjero algunos creen que ya estamos irremediablemente contagiados del populismo demagógico que reina en tantos lados. Olvidan esos agoreros que el electorado chileno, hace muy poco, rechazó dos proyectos constitucionales fanáticos y luego se mostró moderado. Las mareas del populismo y de los discursos de odio no inundan nuestras costas. ¿Por qué no aspirar entonces a liderar en vez de criticar?
Un discurso que muestre un proyecto permitiría a las candidatas, además, salir de la telaraña del debate puramente político, que tanta distancia genera en el electorado.
Solo a partir de un discurso convocante, capaz de atraer voluntades y de producir algún entusiasmo de futuro, un candidato puede lograr la adhesión de quienes, en su propio sector, le miran con recelo. No hay manjar que atraiga más a partidos y parlamentarios que subir en las encuestas.
Un proyecto de país claro, plausible y bien explicado es, además, el mejor antídoto para, si se llega a gobernar, no tener que ceder a las presiones ensoñadas de los extremos de la respectiva coalición ganadora.
Hay signos suficientes para pensar que se puede ganar si se atrae sin denostar ni repeler. Para apostar a que el país espera a un líder o lideresa, no al mejor o al más ingenioso de los polemistas, menos al más rabioso y tampoco al más populista. Una campaña siempre necesitará de críticas al adversario, pero, para eso, sobran los dirigentes políticos que, experimentados en el ataque personal, emprenderán esa tarea con entusiasmo.
Tiene buenas posibilidades de ganar quien menos se meta en discusiones de partidos y mejor articule un discurso que apele a la ciudadanía, que mejor vocee, reitere y explique un proyecto de país para el futuro, aludiendo al pasado y a la política partidista lo estrictamente necesario. No estará fácil. Quienes pueden ayudar a las candidatas en estas tareas están cada vez más lejos de los partidos y hasta de la política misma. Aún así, debieran intentarlo, pues parece el único modo de volver a estirar la sábana. (El Mercurio)
Jorge Correa Sutil