Aparentemente, Délano no es muy cauto. Si lo fuera, habría tomado varias precauciones que harían radicalmente distinta su situación actual. Por de pronto, nunca debió dejar suelto a Bravo que, a juzgar por lo ocurrido, es peor que mono con navaja. A varios años de tratar con él como gerente general, el ‘Choclo’ debió ser capaz de anticipar su capacidad de daño. Y espero no llame a escándalo mi cinismo, pero lo mínimo que se puede pedir de quien está dispuesto a incumplir una ley es que lo haga con cierta prolijidad…
Délano cometió también otro error (que desde mi punto de vista constituye un mérito) y es que financió exclusivamente a un sector de la política chilena. Si sus aportes hubieran sido ‘inclusivos’, si hubiera subsidiado también a la izquierda, su posición sería hoy mucho más fuerte, porque la institucionalidad entera estaría en tela de juicio, y él no sería más que el eslabón de una cadena que, en realidad, los ataría a todos. En cambio, el problema aparece hoy como acotado a él y al partido que recibió su ayuda.
Con ese flanco abierto, la izquierda aprovecha la ocasión para hacer patente la superioridad moral que, se supone, le confiere el hecho de disponer única y exclusivamente de los recursos y cargos fiscales para sacar provecho personal.
Tampoco se sabe si Délano reparó en la calaña de quienes recibieron su ayuda. Pero hasta ahora, no he visto a ninguno de ellos defendiéndolo con algo de valentía o de decencia, al menos para poner de relieve algunas de las virtudes por las que es conocido entre sus cercanos; entre otras, por una gran generosidad para con amigos suyos caídos en desgracia que ninguna relación tenían con la política.
En fin, Délano merece, en mi opinión, un homenaje por todo aquello que se le imputa hoy, un homenaje porque lo que se considera que son sus culpas, dan cuenta de cierta nobleza suya que, en mi condición de no beneficiaria suya, puedo destacar con toda libertad.
Carlos Alberto debió, en todo caso, ser más cuidadoso. Y sobre todo, no disponer de recursos que no le eran del todo propios. De hecho, el único pecado que en mi opinión cometió el empresario, fue ése: hacer donaciones con cargo también a los accionistas minoritarios de sus empresas.
De todas formas, es de esperar que la derecha saque lección de este episodio y se atreva, de una buena vez, a cuestionar, ¡al menos en el discurso!, el sistema impositivo chileno; que se anime a decir que desafió una ley injusta y que, responsablemente, asumirá en todo caso el deber de cumplir con la pena que le cabe por eso.
Es de esperar también que la derecha tenga, de una buena vez, el coraje para defender a la empresa privada, y la libertad para condenarla cuando crece y se enriquece a costa de malas prácticas. (El Mostrador)