Aislacionismo

Aislacionismo

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A 80 años de Hiroshima y Nagasaki ha caído como bomba el brusco cambio de posición internacional de Estados Unidos. A diferencia de otros caudillos de populismo radical, no sería honrado acusar en este caso a Trump de artero (aunque sí de mentiroso consuetudinario): lo tenía anunciado por décadas, solo que parecía imposible que accediera dos veces a ser Presidente de EE.UU. De un plumazo, parece romper con más de 100 años de política exterior de Washington y clausurarse en una posición de abierta hegemonía sin contemplaciones. Ningún compromiso anterior, formal o informal, más que centenario, parece valer en lo más mínimo. Sin embargo, enraíza en parte en un rasgo fundacional de esa república.

Se debe atender al discurso de despedida de la segunda presidencia de George Washington, el 19 de septiembre de 1796. De lo mucho que podría decirse de esta pieza decidora, hay elementos que ayudan a elucidar la situación actual, así como ciertas inconsistencias que Trump esgrime.

De las palabras de Washington emergía una clara conciencia de superioridad moral, aunque esta no era algo dado, sino una tarea que tenía que renovarse constantemente. Aconsejaba no tener ni amigos incondicionales en el extranjero, ni tampoco enemigos eternos; los odios y animosidades contra otros países obligan a veces a los gobiernos a usar el camino de las armas, un error. Había que evitar alianzas y compromisos permanentes, aunque sí hay que cumplir con las obligaciones ya existentes. Sin embargo, en un pasaje que a veces se olvida, aconseja que en circunstancias extraordinarias se deben desarrollar alianzas temporales. Junto con la desconfianza ante los extranjeros y el temor a que estos obren de manera divisiva —su mayor preocupación era la supervivencia de la Unión—, en todo momento aconseja que las relaciones con las otras naciones deben ser provechosas para ambas partes.

En general, estas palabras del más respetado —en especial, por su propio pueblo— de los norteamericanos han sido interpretadas como un mensaje para reforzar la tradición aislacionista en la política exterior norteamericana. Esta sostiene que el país solo debe preocuparse de sus propios intereses, lo que incluye su esfera de interés (se mete en el bulto a América Latina), y no de lo que suceda en el “continente”, es decir, Europa, que ya en la época del mismo Washington era el centro hegemónico de lo que estaba siendo la civilización moderna.

Los hechos obligaron a modificar este legado —o lo que suponía lo era— desde el 1900, hasta convertir a EE.UU. en el principal polo de poder en el siglo XX e incluso en lo que va del XXI. Con todo, la mirada introvertida, la aislacionista, no ha dejado de hacerse presente, en especial entre las dos guerras mundiales (si bien el Departamento de Estado no la compartió en esos años), y vuelve hoy por hoy a asomarse con agresividad y vulgaridad antes impensadas, en vuelco estratégico y de valores que podría asimilarse al pacto nazi-soviético de 1939.

Se olvida un hecho básico que explica esta autoconciencia. Caso quizás único en las génesis de las grandes potencias, Estados Unidos después de la Guerra de Independencia y durante siglo y medio jamás tuvo una real amenaza internacional por parte de otra potencia. Ello solo reforzó su sentido de invulnerabilidad. Y, paradoja, lo ha hecho extremadamente sensible a la percepción de amenaza inminente. Cierto, muchos con más malas que buenas razones le tienen ganas a ese país, que a la vez es la única real garantía de un equilibrio civilizado en el mundo contemporáneo, siempre que lo entiendan no solo los países sensatos, sino también los propios norteamericanos. (El Mercurio)

Joaquín Fermandois