¿Cuánto cuesta el Viernes Santo?

¿Cuánto cuesta el Viernes Santo?

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Tres grandes empresas de retail han decidido que sus trabajadores atiendan al público el Viernes Santo. Los afectados por la medida protestan.

No faltan los consumidores que dicen: “Yo compro cuando quiero. ¿Por qué me imponen un feriado que no me interesa observar?”. Años de prédica individualista nos han convencido de que todos los problemas deben resolverse a partir del “yo”, del “mi” y del “mío”. En el Chile de hoy parece haber poco lugar para el “nosotros”. No se entiende que haya unos trabajadores que quieren conservar una costumbre que los chilenos hemos mantenido desde hace casi cinco siglos y que reciban un apoyo que va desde un cardenal hasta intelectuales de derecha y una ministra comunista.

Un grupo de economistas nos dice que estos feriados son caros y que ya es hora de suprimirlos. Además, señalan que ni siquiera debiera haber feriados irrenunciables (Año Nuevo, 18 de septiembre, Navidad y un par más). Por su parte, los gerentes de esas empresas les ofrecen a sus empleados la posibilidad de tomarse otro día libre. ¿De qué se quejan, entonces?

El caso es muy interesante. Muestra de manera muy nítida las consecuencias de aplicar a toda la realidad social una lógica, la económica, que solo es válida para una parte de ella.

Aquí, el punto de partida está equivocado. Solo tiene sentido que nos preguntemos cuánto nos cuestan el 18 de septiembre, la Navidad o el Viernes Santo cuando hemos decidido ponerles precio. A partir de ese momento, sus días están contados.

Los feriados que celebra toda una sociedad son algo distinto de las vacaciones. Su existencia se basa en tres supuestos.

Primero, no todo tiene precio. Hay cosas que no tienen precio, sino valor, y que por eso mismo están excluidas de las transacciones del mercado.

Segundo, no todos los bienes son fungibles. No da lo mismo celebrar la Navidad el 25 de diciembre o anticiparla para el 1 de octubre, como pretendió Nicolás Maduro.

Tercero, una sociedad donde hay cosas que no están entre los bienes transables es mejor que aquella en la que todo está entregado a las transacciones del mercado.

Si esto es así, entonces la pregunta por el precio del Viernes Santo carece de sentido y las lamentaciones por las pérdidas económicas que suponen el Día del Trabajo o el Viernes Santo son semejantes a quejarse porque enero no tenga 32 días.

Podemos discutir cuántos y cuáles deben ser los feriados y probablemente habrá que recortar alguno. Así, el Viernes Santo tiene mucha más importancia y antigüedad que San Pedro y San Pablo. Pero una sociedad que carece de días especiales, o donde uno dispone de ellos de la misma manera en que elige si comerá pizza o sushi, es una sociedad paupérrima.

Esta discusión no depende de que uno sea creyente o no. La conmemoración de la muerte de Jesús no es patrimonio de católicos y evangélicos. Oriana Fallaci, la gran periodista italiana, decía que ella era atea, pero una atea cristiana. O sea, una atea con derechos humanos, dignidad de la mujer, Bach, El Greco, la catedral de Notre Dame o la Navidad. Una cosa es ser ateo y otra muy distinta es estar desprovisto de sensibilidad por la propia cultura, que en nuestro caso resulta incomprensible sin la herencia judeocristiana.

Quizá ayude a entender mejor estos problemas una distinción que formuló Miguel Orellana Benado. Este filósofo nos invita a atender a la diferencia que existe entre “vivir una práctica como valor” y “tratarla como valor”. Cuando yo me abstengo de darle un choripán a un amigo vegetariano que me visita, o de ofrecerle pisco a un mormón, no significa que comparta la filosofía o la cosmovisión religiosa que están detrás de sus conductas. Simplemente trato como algo valioso esas costumbres legítimas que ellos viven como valores. En este caso, esas prácticas de alimentación suponen, entre otras cosas, que esas personas no viven a merced de lo que les dice su estómago, lo que resulta destacable incluso para quienes no compartimos su modo de ver la vida.

No hace falta ser creyente para aceptar que la Navidad sea un día no laborable. Cuando el Poder Legislativo de una república determina qué fiestas se guardarán en el calendario oficial no se plantea, por ejemplo, si Jesucristo es Dios encarnado. Eso escapa a su ámbito de decisión. Simplemente se pregunta: ¿qué fiestas observan tradicionalmente los chilenos? Y sucede que la Navidad u otras se celebran en nuestra tierra chilena desde mucho antes de que existiera la república.

Una cosa es que el Estado no tenga una religión oficial y otra muy distinta es que actúe como si la dimensión religiosa no formara parte de la propia cultura. Cuando esto no se entiende se llega a resultados ridículos. Así, en Uruguay, los políticos laicistas impusieron que la Semana Santa se llame Semana del Turismo. Más cultura que ellos muestran esos agnósticos socialistas sevillanos que son los primeros en participar en las procesiones de Semana Santa vistiendo los mismos trajes que llevaban sus bisabuelos. A ellos nadie les quitará el Viernes Santo. (El Mercurio)

Joaquín García Huidobro