El próximo secretario general de la ONU, vetos y auto-vetos

El próximo secretario general de la ONU, vetos y auto-vetos

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La ONU está empezando a resentir los movimientos telúricos de la reconfiguración multilateral que ocupan las mentes y los corazones de muchos gobiernos por estos días. Y es lógico. La ONU fue el epicentro de todo cuanto se ha organizado en el mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, ya no lo es. Su crisis es tan evidente como irreversible. La razón es clara. Las relaciones inter-estatales y el posicionamiento de las naciones en el plano internacional son cuestiones demasiado dinámicas. Si algo no es estático, es justamente la política. Ni menos los asuntos internacionales.

La crisis es doble. La ONU administra sólo poder blando, pero está inserta en un mundo que se mueve con poder duro. Fue gran escenario de discusiones relevantes en sus inicios, pero hoy otros órganos la superan. El G-7, Davos, Bilderberg y varios otros.

En tales circunstancias, debe escoger un nuevo secretario general sacado de un espacio marginal, como es América Latina. Por esos acuerdos tácitos -tributarios de una presunta representatividad geográfica y de la tradición de rotación- el cargo debería quedar en manos de un personero salido de esta parte del mundo. El último, fue el peruano Pérez de Cuéllar en el ya lejano lapso 1982-1991.

De forma paralela, a las potencias medianas y con gravitación real, como Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Corea y otros, les inquieta cómo se insertarán ellos en la próxima etapa de la ONU, dado el nuevo contexto que se abre paso donde Washington, Moscú, Pekín y Nueva Delhi son los nuevos grandes epicentros.

Dentro de los muchos nubarrones, neblinas y borrascas de este horizonte, Alemania tomó una decisión prometedora. Su ministra de Relaciones Exteriores, Annalena Baerbock presidirá la Asamblea General de la ONU. La movida tiene dos efectos. Por un lado, se descomprime la presión de que quien suceda a Guterres sea necesariamente una mujer. Por otro, es una señal hacia el resto del mundo. Alemania apuesta por una mujer joven, que, además, es una reconocida política verde. Ambos asuntos son muy valorados en Europa, región del mundo a la que Alemania deberá dedicar atención prioritaria.

Se trata de una necesaria movida estratégica, pero llena de incertidumbres. Imposible no recordar ese viejo dilema: ¿Europa alemanizada o Alemania europeizada?

Con este cuadro ya en ciernes, circulan varios nombres para secretario general. Sin embargo, ninguno posee esa gravitas que exige la coyuntura. Salvo uno. El del argentino, Rafael Grossi, quien dirige desde 2019 la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA). Allí ha estado largos años. Su favoritismo conecta con dos grandes asuntos.

Primero, con el escaso peso político que tienen sus rivales de la región, características que actúan como una especie de auto-veto, dadas las circunstancias. Argentina, en cambio, tracciona interés en grandes centros de poder mundial. Por su tamaño, su peso específico en el hemisferio sur, por las reformas estructurales que está llevando a cabo y la relativa homogeneidad de su población. Este último punto suele no ser advertido, aunque prácticamente todos los secretarios generales han provenido de países con bastante homogeneidad demográfica.

En segundo lugar, favorece a Grossi su protagonismo en asuntos centrales de la agenda internacional de estos últimos años. Por ejemplo, los ataques a las plantas nucleares en territorios ruso y ucraniano durante los tres años de conflicto armado, los programas nucleares norcoreano y especialmente iraní, los diferendos entre China y Japón sobre los efectos que aún persisten del accidente de Fukushima y muchos otros nudos gordianos. En todo ellos, ha sobresalido por su parsimonia, aplomo e iniciativa, por su pragmatismo y estatura política mostrada. Siempre manteniendo una prudente equidistancia entre las partes.

Especialmente destacable ha sido, hasta ahora, su involucramiento en la guerra ruso-ucraniana. Grossi fue en varios momentos el único canal a través del cual se mantuvo un cierto diálogo entre Putin y Zelensky. Eso no habría sido posible sin habilidades personales y diplomáticas bastante excepcionales.

Pese a ello, el sucesor de Guterres enfrentará momentos muy complejos. No sólo hereda una máquina carente de aceite y con engranajes ya obsoletos. Y aunque no tiene dificultades administrativas ni existenciales, está envuelta en una maraña de enredos políticos que ha horadado su legitimidad política. Aparece desfasada y con un diseño arcaico.

Puede fundamentarse que toda la arquitectura de la ONU ya no refleja la verdadera correlación de fuerzas a nivel mundial. La Asamblea General se ha convertido en un gigantesco consultorio para interminables sesiones de sicoanálisis político. Fue diseñada en 1948 para cuando la membresía era de 50 Estados (más Polonia que adhirió enseguida). Hoy son 193 y todo indica que irá en aumento. Una realidad que claramente sugiere caducidad.

El Consejo de Seguridad, por su parte, se compone de cinco miembros permanentes (una especie de stakeholders, que obstaculizan cualquier discusión relevante mediante el ejercicio del veto ex ante), más una interminable rotación de países “no-permanentes”, que cumplen una especie de equilibrio formal carente de contrapeso efectivo. La ausencia en ese órgano de la India, Japón y Alemania revela una clara pérdida del sentido de realidad.

Al leer las exhaustivas memorias del embajador soviético en EE.UU., Anatoly Dobrynin (En Confianza) y los innumerables textos de Kissinger, se concluye que aquella arquitectura, y el sentido de multilateralismo que reflejó, nada tiene que ver con las fuerzas existentes hoy. Fue un tipo de multilateralismo que fue haciendo “camino al andar” y basado en el bipolarismo.

Tal desfase epocal sugiere la necesidad de un secretario general con características bien especiales. Con capacidad para entender las líneas cardinales del mundo de hoy. Es un tránsito imposible sin parsimonia, estatura ni aplomo.

Un breve sobrevuelo a los nuevos factores de poder invita a diseccionar a los futuros stakeholders. O sea, identificar aquellos países con deseos de incidencia, con capacidad y voluntad para hacer cumplir las decisiones. ¿Será necesaria la opinión de un país envuelto en dramas internos que lo más probable es que cambie de opinión en un futuro no lejano?, ¿o la de otro que dice querer estar, pero carece de ideas de largo plazo?

En Occidente se reitera una y otra vez que uno de los síntomas más claros de este mosaico de obsolescencias en que se ha convertido la ONU es que, pese a tener ya 78 años, ha sido ineficaz en universalizar los valores más queridos por Occidente, como la igualdad de géneros, la marginación de déspotas, evitar la segregación de minorías y la violencia en las disputas interreligiosas etc.

Sin embargo, viendo lo que ocurre hoy, con más de 8 mil millones de personas en casi 200 países, predicar superioridad moral al interior de la ONU, parecería obedecer a una cierta distorsión entre objetivos y finalidad.

Esa confusión permite entender cómo tal puritanismo la hizo perder su finalidad, cual es fortalecer una alianza de naciones, en pos de un interés común y superior llamado paz. Esa distorsión explica que las últimas secretarías generales hayan sido tan deslucidas.

El éxito del latinoamericano que ejercerá como nuevo secretario general dependerá, tanto de sus esfuerzos por regresar a ese acuerdo básico primigenio sobre “hechos y expectativas” respecto a la paz mundial, como de su éxito en convocar a los nuevos stakeholders. Asumirá en enero de 2027. (El Líbero)

Iván Witker