El caso de Jeannette Jara, la ministra del Trabajo que, al parecer, podría ser designada candidata presidencial, es digno de análisis porque muestra, como en un ejemplo, los dilemas de la competencia política.
Si se atiende a su historia de vida, que ella misma divulgó en parte en su discurso de esta semana, y a su innegable simpatía y sencillez, que le confiere a todo lo que dice un tono naif que, desde luego, no es tal y no es más que otra forma de astucia e inteligencia, no cabe sino concluir que ella es, o podría ser, una candidata formidable, de esas que, como fue el caso de Bachelet, y gracias al misterio de la intimidad a distancia, logran conectar espontáneamente con las audiencias, las que, al oírlas o verlas, y escuchar su historia familiar, o las vicisitudes de su vecina de la casa pareada donde vive, no dudan un segundo en reconocerse en ella. Es cosa de imaginar a la aún ministra Jara en un debate con Evelyn Matthei —a quien se le cuela a veces, como consecuencia de su frialdad racional, un cierto desdén involuntario frente al adversario— para imaginar cuán difícil le sería desactivar esa simpatía espontánea, tan carente de impostura o de desplantes, para concluir que sí, que Jeannette Jara sería, o es, una muy buena candidata.
En estos años la política chilena ha estado carente de figuras que satisfagan esa pulsión, esa apetencia de las audiencias de reconocerse, siquiera por momentos, en sus líderes políticos o en los candidatos que reclaman su confianza. La última que lo logró, al extremo de que aún muchos la añoran, fue Michelle Bachelet. La incapacidad de brindar ese reconocimiento fue el gran defecto de Sebastián Piñera (que sabía de él e intentaba conferirlo, pero como la espontaneidad no puede planificarse, nunca pudo lograrlo) y es también uno de los problemas que han estado en el centro del gobierno del Presidente Gabriel Boric (quien, en vez de brindar reconocimiento a las audiencias, tal vez sin quererlo pareció aspirar a que vieran en él un redentor).
Así, pues, mal que pese, Jeannette Jara posee una gran ventaja como candidata derivada de algo que no puede impostarse, ni imitarse, ni deliberarse, ni ensayarse: su personalidad fiel a sí misma, lo que simplemente brota en ella.
Si la política consistiera en eso, en elegir a quién situar en el Estado para verse reflejado en él y así curado de la propia invisibilidad, no cabe duda de que a Jeannette Jara se la apoyaría.
Pero la política y la democracia no son solo eso, si bien a veces parecen serlo.
La democracia también aspira a discernir los problemas de la vida en común sobre el trasfondo de las ideas generales que se tienen y a cuya luz se formulan diagnósticos y se disciernen soluciones. Jeannette Jara, como se sabe, es comunista y ello no significa solo la adhesión a un partido, como quien escoge ser miembro de este o aquel equipo de fútbol, sino que importa sostener un determinado punto de vista acerca de la estructura social (en la que ve un conflicto de clases siempre latente); la forma en que se configuran los intereses que en ella existen (donde la propiedad sería un factor fundamental); la manera de conciliarlos o no (y para lo cual el voto no parece siempre un método incondicional); y al igual que las personas cuentan con un ideal del yo (una figura imaginaria a la que procuran en su deseo asemejarse), los partidos tienen un ideal al que aspiran y juzgan las sociedades, las ideas y las experiencias ajenas por la lejanía o cercanía que guardan con él (en el caso del PC ¿cuál sería?).
Y ahí asoma entonces la otra dimensión que también pesa en la política.
Esta otra dimensión no se expresa, desde luego, en las celebraciones, ni se sofoca ni se desvanece con los bailes ligeros, sino que su escrutinio se hace en los debates y en las deliberaciones racionales que han de acompañar, junto con la anterior dimensión, a la democracia. El caso de la hasta ahora ministra Jara es un misterio; aunque todo hace pensar que las ideas más propias del partido ella las abraza y atesora como corresponde a una militante, como lo prueba el hecho de que ha considerado casi una afrenta que se la llame, como algunos de los integrantes de su partido han divulgado en las redes queriendo devaluarla, socialdemócrata.
Lautaro Carmona, el presidente del PC, dijo, en ese tono suyo algo enrevesado, que la elección de la candidatura del partido no atendería “a lo que decida el ranking, sino el debate político”. El ranking favorece, sin duda, a Jeannette Jara y el debate político, si es político y no simplemente ideológico (es decir, si se preocupa de avances tácticos siquiera mínimos, en vez de reiterar una y otra vez los objetivos de largo plazo) debería favorecerla también. (El Mercurio)
Carlos Peña