El dato ha llamado la atención: Vitacura, Lo Barnechea y Las Condes fueron las únicas comunas en las que ganó el Rechazo. Casi las únicas, en realidad, porque también fue así en Colchane y la Antártica, con 524 y 31 votantes, respectivamente. Pero más allá del dato, lo interesante es cómo interpretarlo. Ensayemos algunas posibilidades.
Una explicación podría ser que estas son las comunas más educadas de Chile y que, por lo mismo, la mayor parte de sus habitantes sabe que una Constitución no es la solución para los desafíos que enfrenta el país. También podría argumentarse que esa votación es producto del temor a un cambio profundo en las reglas del juego que pondría en riesgo los bienes y el tipo de vida del que gozan las personas más pudientes del país. Una tercera posible interpretación —y de seguro hay varias otras— es que una parte importante de quienes viven en las tres comunas, colindantes entre sí, no entiende o no empatiza con los deseos de cambio social que una creciente mayoría de chilenos viene expresando desde hace ya un buen tiempo.
¿Con cuál de estas interpretaciones quedarse? Probablemente todas ellas tienen asidero, y desde luego no son contradictorias entre sí. Pero en estas líneas quisiera centrarme en la tercera, quizás la más desafiante de todas, y también la que más podría ayudar al progreso de Chile.
En un país altamente centralizado y concentrado, estas tres comunas representan a la élite, por cierto la empresarial, pero también una parte relevante de la política. Siguiendo esa tercera interpretación, surge entonces una pregunta que no debe evadirse y que sirve para entender lo central del desafío que enfrentamos: ¿qué ocurre cuando la élite se desconecta de la gran mayoría de la población?
Para no teorizar, pensemos en situaciones reales. ¿Qué pasa cuando los padres se alejan emocionalmente de sus hijos? ¿Qué pasa cuando la alta gerencia de una empresa vive en el olimpo, escasamente en contacto con los trabajadores que laboran en ella? ¿Qué pasó en Sudáfrica cuando los blancos gobernaron a espaldas de los negros, desoyendo sus aspiraciones por un trato justo y digno? Lo que ocurre es obvio: un quiebre en las confianzas, una pérdida de cohesión social, y hasta un estallido quizás, cualquiera sea la forma que tome.
¿No es acaso esto lo que viene ocurriendo en Chile desde hace un rato, y no solo en Chile? El problema no es la desigualdad; el problema es la pérdida de cohesión, de identificación, de pertenencia. Por supuesto, la desigualdad es un terreno fértil para que esto suceda, porque hace más fácil la desconexión de la élite con el resto de la ciudadanía. Pero el problema es esa desconexión, reflejada hoy en el resultado del plebiscito.
¿Por qué no ocurrió esto antes, se preguntará usted, si siempre hemos tenido desigualdad? Porque no siempre ha habido esa desconexión, aunque cada vez que se ha dado, el desenlace ha sido una crisis, de mayor o menor magnitud. Como hace cien años en Chile, con la cuestión social, cuando también nos encaminábamos a ser un país desarrollado. La desconexión que presenciamos hoy probablemente encuentra su origen, paradójicamente, en la dificultad que ha tenido la élite para reconocer y entender a los hijos del crecimiento generado por ella misma, a esa clase media emergente que no se contenta con haber salido de la pobreza, sino que tiene expectativas más grandes, que de alguna manera amenazan el statu quo, el orden existente, el modelo. Es el hijo que critica al padre que lo crió, porque al llegar a la adolescencia ve que se le niegan los espacios para expresar su propia identidad.
¿Qué debe hacer la élite? Escuchar, en lugar de evadir; entender, en lugar de reaccionar; abrirse a los cambios, en lugar de tenerles miedo y defenderse. Es más fácil decirlo que hacerlo, por cierto, ¿pero no es acaso eso lo que como padres debemos hacer con nuestros hijos cuando tenemos diferencias, o lo que las empresas necesitan practicar cuando quieren innovar? Para moverse en esa dirección, que me parece indispensable para progresar como país en estos desafiantes tiempos de cambio, quizás sea necesario partir por cuestionar un par de supuestos: primero, no existe una única manera de ser o de hacer; y segundo, escuchar no implica ser populista.
Juan Carlos Eichholz