Chile entra en temporada electoral y, como suele suceder, el debate sobre el liderazgo vuelve al centro de la escena. Las campañas presidenciales y parlamentarias ya calientan motores. Mientras tanto, presenciamos un espectáculo que se repite: tránsfugas cambiando de partido como quien cambia de camisa, una fila interminable de candidatos golpeando las puertas del Servel, y el oficialismo que no logra ordenar ni siquiera sus propias filas. El Frente Amplio, el Partido Comunista y el Socialismo Democrático aún sin definiciones claras. A eso se suma la ministra de Trabajo, Jeanette Jara, militante comunista en modo campaña, lanzando dardos a Carolina Tohá, la precandidata del PPD. Como si fuera poco, Daniel Jadue, la otra carta comunista, sigue en escena pese a su arresto domiciliario.
Pero el verdadero dilema va mucho más allá de quién será candidato o candidata. Chile enfrenta hoy un vacío profundo: la escasez de liderazgos con visión de Estado. Justo cuando más hacen falta.
En tiempos de fragmentación, cortoplacismo y polarización, las democracias no se sostienen sin líderes capaces de mirar más allá del titular fácil. Hoy se premia la frase efectista, la pelea menor y el cálculo electoral. Lo urgente es reforzar la democracia, no sólo administrar la coyuntura. Gobernar implica ordenar el desorden, articular voluntades diversas y construir proyectos sostenibles. Sin exclusiones, pero con responsabilidad.
El panorama es preocupante: liderazgos débiles, encapsulados en burbujas ideológicas, incapaces de pensar más allá de la siguiente elección. Nada que ver con la transición democrática, cuando las diferencias no impidieron acordar un proyecto básico de país. Hoy prima la lógica de la trinchera, el cálculo egoísta, la incapacidad de ordenar a los propios y menos aún de generar consensos mínimos. Las reformas quedan empantanadas, la desafección ciudadana crece y Chile se desliza hacia la parálisis en temas clave: seguridad, crecimiento, calidad de vida, educación y salud.
El desafío no es sólo quién ganará la presidencia, sino quién tendrá el coraje de encarnar un liderazgo que hable al país completo, que combine estabilidad y transformación, que ordene su coalición y que gobierne, no solo administre.
Chile no necesita un mesías; necesita liderazgos serios, con vocación de acuerdos y visión estratégica. Sin eso, cualquier programa, por ambicioso que parezca, será sólo un papel mojado.
Johannes Kaiser lo resume con dureza al criticar a Chile Vamos y a su candidata por la reforma previsional, que logró defender la permanencia de la capitalización individual. Mientras tanto, en el PC ven a Jeanette Jara como “demasiado socialdemócrata” por pactar esa misma reforma. Todos encerrados en su propio laberinto.
La falta de definición del oficialismo, Frente Amplio, Partido Socialista y PC tampoco muestran claridad sobre sus cartas presidenciales ni sobre el apoyo a la precandidatura de Carolina Tohá.
Tender puentes no es cogobernar, es gobernar bien. En tiempos de polarización, los países necesitan líderes capaces de combinar realismo con voluntad de cambio, ética con sentido político, vocación de acuerdo con firmeza. La ciudadanía aprueba a la clase política y al Congreso con apenas un 9% de confianza. En este escenario, los populismos encuentran terreno fértil.
El desafío estructural es claro: modernizar el Estado, fortalecer las instituciones y resolver la crisis de representatividad, especialmente en los partidos. No hay que romper con la democracia representativa, sino renovarla.
El futuro Presidente o Presidenta tendrá que hacerlo todo a la vez: tener visión de largo plazo, construir acuerdos amplios, modernizar el Estado, recomponer la confianza, y, sobre todo, resistir la tentación de la polarización.
Chile no está para improvisaciones. Mucho menos para aventuras. (El Líbero)
Iris Boeninger