Una característica desagradable del octubrismo fue su culto a lo feo. Esas hordas destructivas afeando fachadas con sus garabatos antisociales, egoístas, individualistas. Con tanto afeamiento se fue dando un creciente abandono del centro de Santiago.
Nada más angustioso para un país. Al ir perdiendo el centro se va perdiendo historia, identidad, espíritu, esperanza. Es como el aciago momento en una guerra en que el enemigo se toma la capital.
Por eso es alentador oírle al nuevo alcalde Mario Desbordes cuando promete recuperar el centro.
Felizmente para él, sí quedan bolsones de esperanza. Lo comprobé la semana pasada cuando fui a ver El Holandés Errante en el Teatro Municipal. Es la primera de las grandes óperas de Wagner, la primera en que él no se ciñe a un libreto, dejándose llevar por su música, que se va adelantando a la palabra. Es una ópera poética, mística, que no puede no llevarnos a palpar algo de esa belleza que el culto a lo feo se había esmerado en destruir.
Como siempre el viaje al Municipal fue angustioso. Fieles a las instrucciones de Wagner, daban la ópera sin intermedio, por lo que el que se atrasaba se perdía todos los 140 minutos de magia, cosa que les tenía sin cuidado a los conductores de los vehículos que a esa hora mantienen atascadas todas las rutas al centro.
El último taco fue en Matías Cousiño, la corta calle que une Moneda con Agustinas. Normalmente me habría salido del taxi allí para llegar, más rápido, a pie, pero tengo la rodilla recién operada. Por lo que me dediqué, resignado, a observar el entorno. La breve calle se veía triste, empobrecida. En dos de sus locales, había una mujer joven parada en la entrada. Deben querer tomar aire, pensé.
Felizmente llegamos al Municipal justo a tiempo. Por difícil que era encontrar una postura que acomodara mi rodilla nueva, pasé los 140 minutos embrujado, por la música de Wagner, claro, pero también por la calidad de la orquesta y de los cantantes, sobre todo de la soprano Wendy Bryn Harmer, que hacía el papel de Senta.
Ella es una hilandera en un pequeño puerto noruego que ya no quiere ser hilandera porque quiere salvar a Daland, un turbio holandés condenado a errar por los turbulentos océanos hasta que lo redima una mujer que le prometa fidelidad eterna.
La ópera contrasta los irreales arrebatos místicos de Senta y Daland con la aterrizada realidad en que viven las hilanderas. Wagner se tienta más con la irrealidad porque es hacia ella que lo lleva su música. También porque es hacia ella que nos lleva el arte que, como la religión, nos saca de la cotidianeidad para que por unos instantes entreveamos algo de belleza y de trascendencia. Lo que no significa enloquecer: a Wagner nunca le falta el humor, y siempre mantiene un pie en la tierra. Sobre todo, aterriza a Senta. Es que ella ha tenido otro amor, con un humilde joven llamado Erik, quien cree que ella le ha prometido fidelidad eterna también a él.
Olvidándose de Erik, Senta se suicida, prometiéndole amor eterno a Daland, y en muchas producciones, se les ve a los dos, redimidos, ascendiendo al cielo. En la versión más divertida, más interesante de Marcelo Lombardero en el Municipal, el suicidio de Senta es de dudosa utilidad. ¿Cómo va a redimir a Daland si también le había jurado fidelidad eterna a Erik? Si bien la música con su dulzura sugiere redención, Lombardero omite el ascenso al cielo, dejándonos con una sensación de ambigüedad que también es propia de Wagner, y de todo gran arte.
Al concluirse la obra, el público aplaudió, eufórico, de pie. Rara vez había visto yo tanto entusiasmo en un teatro, eso que las óperas de Wagner son difíciles. Por lo que concluí que de verdad quedan bolsones de esperanza en el centro.
Ojalá sirva el Municipal como inspiración para cuando Desbordes quiera extender el acceso a la cultura a otros sectores de la ciudad. La cultura en todas sus formas, claro, ya que Wagner, por decir lo menos, no es para todo el mundo. (El Mercurio)
David Gallagher