Cada 1º de abril provoca una doble nostalgia en las generaciones que trabajaron y se formaron junto a Jaime Guzmán.
Por una parte, está el conjunto de recuerdos personales que cada uno de nosotros atesora y revive en esta fecha. Pero eso, aunque para muchos cientos actualice un sabor de profunda tristeza, no impide recordar intensamente a Guzmán en otra dimensión: la del conjunto de principios y comportamientos con los que impregnó nuestras vidas en el afán de servicio público.
Y si lo primero es valioso en el fondo del alma, lo segundo ha seguido siendo invaluable en los escenarios posteriores a su trágica muerte, en ese conjunto de situaciones de los últimos 35 años en que Guzmán pudo estar presente conduciendo, rectificando y enfrentando… y en las que hemos carecido de su magisterio inigualable. Hay quienes sostienen que no sabemos cómo se habría comportado Guzmán durante todo este período, porque —dicen— habría enfrentado situaciones nuevas ante las que algunos piensan que habría tenido que modificar sus convicciones previas. Torpe apreciación es esta última, porque supone que Guzmán habría vivido sus 25 años de actividad pública en un clima siempre favorable, lo que le habría permitido ser siempre consistente y no tener que reinventarse continuamente.
Pero olvidan esos pusilánimes que Guzmán pasó por situaciones tan distintas como la pertenencia a una minoritaria oposición al gobierno de Frei Montalva, a una candidatura derrotada como fue la segunda de Alessandri Rodríguez, al arrollador movimiento gremialista contra Allende, a su eficaz colaboración hasta 1980 con la presidencia Pinochet y su posterior marginación de esas tareas hasta 1987, para, finalmente, contribuir a la fundación de un nuevo partido político —Renovación Nacional—, ser expulsado, refundar su colectividad —aquella UDI—, ser electo senador y morir asesinado. Una vida de subidas y bajadas, de cuestas con precipicios, de sol y de nieblas en el camino.
Una vida así, corta, intensa —apenas 44 años—, desde su propia finitud puede proyectarse al presente, reflejando el valor de un misterio en el que se conjugaron brevedad e intensidad.
En efecto, Jaime Guzmán grabó a fuego ciertas convicciones particularmente decisivas para la contienda electoral que se enfrentará este año.
En primer lugar, el sentido del sacrificio por Chile. Solo merece ser Presidente de la República quien declare estar disponible para arrostrar consecuencias personales muy graves, con tal de recuperar para la patria la seguridad más elemental de la vida diaria.
A continuación, la capacidad para defender y promover la vida, la familia, la educación y la autoridad, lo que constituyó el objetivo propio de toda la actividad pública de Guzmán. Y en eso —afirmaba enfáticamente— un político (un candidato presidencial, hoy) no ha de dejarse llevar por lo que las encuestas le piden, sino que debe procurar conducir al electorado hacia lo que la naturaleza exige. Piel de elefante, decía Guzmán que había que tener cuando arreciaran los ataques del fuego enemigo y, con mayor razón, las agresiones del fuego amigo.
Por último, un impulso a la libertad para hacerla capaz de enfocarse en las acuciantes necesidades de nuestros conciudadanos más pobres y marginados. Por eso, una tarea presidencial siempre puede construirse haciéndole eco a esa victoria electoral que Jaime Guzmán obtuvo en Santiago poniente, donde vivía gran parte de los pobres más pobres de la capital de la época.
En fin, cada 1º de abril se presenta como un recuerdo de quien tanto entregó a Chile, y como una exigencia a la fidelidad de quienes nos beneficiamos directamente de la vida de Jaime Guzmán. (El Mercurio)
Gonzalo Rojas